Estrés y Ansiedad
¿Quién no ha sentido alguna vez que no puede con su vida, que está agotado, que no puede más…? ¿Cuántas veces ante alguna situación se nos han acelerado el corazón y la respiración y hemos tenido ganas de salir corriendo…? El estrés y la ansiedad son términos que todos conocemos y asumimos como compañeros inseparables del ritmo de vida actual.
En muchas ocasiones utilizamos ambos términos como si fueran sinónimos, pero, aún siendo procesos relacionados, cada uno tiene un significado concreto. Además, no siempre tienen por qué ser procesos negativos ni patológicos, son más bien procesos naturales que en ocasiones pueden “dispararse”. Es entonces cuando constituyen un problema.
Estrés
El estrés es un proceso en el que el individuo se enfrenta a las demandas de una situación importante para él y que asociamos generalmente al cansancio y el agotamiento. Esto puede generar reacciones tanto positivas como negativas, según cómo el individuo evalúe la situación y los recursos que posee para hacerle frente.
Imaginemos un estudiante universitario que tiene que enfrentarse a un examen final de carrera (situación importante). La evaluación que haga tanto del examen (horrible, difícil, accesible, justo… ) como de los recursos que tiene para enfrentarse a él (me lo sé, no me lo sé, me pongo nervioso en estas pruebas, soy un buen estudiante…) determinarán que el estrés y la activación que siente ese individuo ante el examen sean positivos (es un reto, me provoca satisfacción…) o negativos (miedo, nervios, pensamientos negativos…).
Así, el estrés es un proceso que puede llegar a ser, en su justa medida y cuando sentimos que poseemos los recursos suficientes, una activación necesaria para dar lo mejor de nosotros y crecernos ante las dificultades. Sin embargo, cuando sentimos que la situación nos desborda y que no poseemos recursos suficientes (nos falta tiempo, conocimientos, etc.) se percibe la situación como amenazante y sentimos estrés negativo. Tener un nivel moderado de estrés es perfectamente normal, pero si sobrepasamos ese nivel o se cronifica en el tiempo podemos padecer un trastorno. Es importante desarrollar habilidades de afrontamiento ante las dificultades de la vida diaria, y más cuando nos encontramos ante situaciones estresoras por sí mismas, como una separación, la muerte de un ser querido, un cambio de trabajo o el nacimiento de un hijo.

Ansiedad
La ansiedad es una emoción natural en la que una persona se pone en alerta para tratar de afrontar una situación percibida como amenaza. Nos hace sentir temor, inseguridad, sensación de pérdida de control y preocupación. El sistema nervioso se activa y podemos sufrir malestar gástrico, taquicardia, aumento de la sudoración, respiración acelerada y rubor. Si persiste en el tiempo, puede ocasionar dolor de cabeza, insomnio, disfunción eréctil, etc.
Las respuestas de ansiedad y las situaciones que las desencadenan pueden ser diferentes según cada individuo, ya que la ansiedad depende más de cómo el sujeto interpreta la situación que de la situación en sí (por ejemplo, una paloma puede ser inofensiva para un individuo y terrorífica para otro). También la sintomatología puede variar, puesto que la respuesta individual depende de factores tanto de aprendizaje como de la propia predisposición familiar. Así, unas personas pueden sufrir fácilmente de síntomas gástricos mientras que otras tienen migrañas.
La ansiedad es una respuesta adaptativa y natural en el hombre, puesto que lo prepara para enfrentarse a situaciones potencialmente peligrosas poniendo “a tope” el cuerpo para huir o luchar. Sin embargo, cuando la ansiedad se dispara ante estímulos cotidianos que no son amenazantes (como un ascensor) se convierte en un problema. Pueden aparecer fobias y ataques de pánico ante cada vez más estímulos inofensivos. También puede ser menos aguda pero mantenida en el tiempo, lo cual desgasta y agota el organismo, dando lugar a hipertensión, cansancio crónico, dolores de cabeza o espalda, etc. Todo ello resultado de esos niveles de alerta tan elevado que ponen al organismo al límite. La ansiedad deja de ser adaptativa
y pasa a ser un trastorno. Las mujeres tienen una mayor
predisposición a sufrir estos trastornos.
Es importante acudir al especialista a tiempo para controlar
los niveles de ansiedad mediante técnicas apropiadas. La aplicación
de técnicas cognitivo-conductuales supone una especie de
entrenamiento que dota al individuo de nuevos conocimientos y nuevas
habilidades para controlar su ansiedad. Si es necesario el médico
prescribirá además mientras sea necesario un tratamiento
farmacológico que nunca debe ser administrado sin control médico.
Si estos trastornos no son tratados a tiempo pueden llegar a
desencadenar depresión, puesto que el individuo siente gran
sufrimiento al ver limitada y condicionada su vida cotidiana.
